viernes, 12 de julio de 2013

LA VIDA INVADE LAS PALABRAS


(Título de la exposición del pintor argentino Miguel Carini, dedicada a los poetas granadinos. Lo a continuación escrito lo fue como contenido del catálogo de dicha exposición, a petición del pintor).

Quizás como nunca antes en España, en las primeras décadas del siglo XX, pintores, poetas, músicos, diseñadores, actores, escultores y artistas en general,  entrecruzaron sus vivencias. Ansias, suspiros, miedos compartidos y experiencias, rompieron límites establecidos, mezclándose y hablándose como hermanos. Poetas que habían querido ser músicos, pintores que acabaron siendo poetas, toreros dramaturgos,  médicos que ejercieron de cronistas, modelos convertidas en fotógrafas, pastores de la palabra, panaderos del volumen...
            Corriente renovadora y de profunda raíz humanística y social, inundó el campo de los contenidos y sus expresiones, hasta irrumpir en el horizonte ajado de los sueños  inconclusos.
            ¿Cómo imaginar el recibimiento multitudinario de un poeta granadino en su visita a Buenos Aires o Montevideo? Reclamado por todos, hablando en emisoras de radio,  una auténtica estrella, perseguida por periodistas, críticos, artistas, obreros. Sus ojos soñadores clavándose en el resto de miradas a través de las ondas o la palabra escrita. Su delicada figura secuestrada y trasplantada mil veces en blanco y negro, sobre papel sepia.
            Nada trascendente acaba por morir aunque su visión parezca vencida momentáneamente por el olvido. Su presencia se adivina como un presagio, un hombre con sombras desdibujado;  sumergida, subterránea, pide socorro siguiendo las corrientes que surcan los grandes ríos y los océanos, mezclada entre las espumas con pequeños seres – juncos y peces, educados en la escuela de la resistencia-, nada más llegar a un supuesto destino, inicia el regreso y vuelta a empezar. Tejiendo en este infinito ir y venir complicidades duraderas, viejo y aguerrido resplandor que se infiltra a través de todos los muros construidos.
            Será que la vida es una erupción incandescente, fuego cósmico imposible de controlar por el mercado y sus mercenarios. Ocurra lo que ocurra, en cualquier lugar, un niño seguirá construyendo pajaritas de papel que lo convertirán en el centro del universo aunque viva en el corazón del mismísimo infierno; una mujer cantará canciones de cuna a un cuerpecito tembloroso – o a su deseo- , entre algodones y enaguas de blanco hilo o bajo las bombas;  una adolescente observará sorprendida, un caluroso día de agosto – o de febrero, según el hemisferio en el que se halle- , cómo sus pechos se redondean y endurecen alrededor de los pezones color barro entretanto agarra la luna con la mano, buscando dónde asirse mientras se alejan aquellos soles azules de la infancia;  un poeta rescatará la incertidumbre de una niña a sus diez años.  Encuentros mágicos que evidencian la necesidad de comunicar lo que somos, la dignidad de la esperanza, la capacidad de seguir creando a través de un lenguaje que para serlo tendrá que ser plural o no será nada. Igual dará que se manifieste mediante palabras escritas o dichas, notas o pinceladas. Besos o versos; canciones o imágenes que impresionen nuestras retinas. Igual dará siempre que podamos participar activamente en el misterio de la comunicación, siempre que consiga que la vida y el amor nos invadan.
            Sin duda esa pervivencia y voluntad de trascender hacen posible que, hoy de nuevo, poesía y pintura vuelvan a caminar cogidas de la mano, dos jóvenes enamorados, cada cual con rostro, gesto y acento propios, deseosos de conquistar el tiempo y el espacio donde algo suceda, donde no vuelva a producirse el grito del torturado ni sea necesario temer el aluvión de estragos humanos que la lluvia provoca en la ciudad del desamparo.
            Entre Buenos Aires y Granada la distancia se acorta si alguien la recorre navegando en una nave de estrellas. Las fronteras desaparecen al comprobar que los trigales comparten el mismo amarillo en ambas orillas del Atlántico y los hombres se agitan por las mismas pasiones y guardan silencio ante los mismos enigmas.  El pintor instala su nuevo taller. ¿El último?, se pregunta, y reanuda su trabajo con laboriosidad y esmero. Su vida ha sido un esfuerzo titánico para controlar el reloj de arena  que alguien voltea a cada rato sin pedir permiso. Teme al desarraigo pero acaba venciéndolo al descubrir que aquellos platos que pintó en el Río de la Plata, lo fueron de un azul idéntico al de Fajalauza.
            Las huellas dejadas por aquel poeta que adornaba el cuello de su camisa con una frágil pajarita están presentes en su obra; las trae junto al resto de enseres en la maleta que contiene todo aquello que necesitó para sobrevivir al desencanto,  traducidas a líneas, trazos, puntos y  colores, desde aquel día en que se conocieron, siendo ambos jóvenes en extremo. La comunión fue tan íntima que las mujeres del poeta lo han acompañado sin darle un respiro desde entonces, a pesar de que las pintó desde todas las perspectivas posibles, con todas las técnicas a su alcance. Es tal la fuerza de las palabras y de los símbolos, que ellas – palabras y mujeres -, lo persiguen enredándolo en sus mandiles, en sus vientres telúricos, en sus consejos o sentencias, pronunciados por ancianas de boca desdentada.
            Mujeres y niños son sujetos principales en la obra del pintor, junto a otros seres alegóricos: mariposas, pequeños reptiles, lunas, aves, raíces, denuncian el orden impuesto y reivindican un futuro libre de determinismos; seres condenados a la insignificancia o a la mera anécdota cobran la fuerza y el protagonismo que se merecen, justo en esta época en que lo efímero y lo grotesco se adueñan de todo y se pavonean amparados en el “prestigio de los necios”, como dijera el filósofo.
            Frente a este marasmo que nos envuelve, mujeres y crisálidas nos brindan una mesa con los únicos manjares dignos de ser degustados, cocinados con ingredientes que nos atan de modo responsable a la tierra, al planeta que nos arrienda generoso su suelo, con la energía de la creación, que es vida y muerte nunca estéril, sacrificio y quebranto vivificantes. En sus cuerpos descansa  la certeza del mundo vestida de flores.
            ¡Cómo golpean las palabras en el corazón del pintor! A cada sílaba repetida las manos se ponen en camino y con naturalidad y destreza son recreadas. Las ha reconocido como propias. Su intrincada sintaxis, su diseño, estaban presentes en sus ojos sin saberlo. Llaman a su puerta y al abrirla reconoce en ellas heridas padecidas, abiertas unas, cerradas otras; ensoñaciones y realidades, diálogos fructíferos, rupturas, pérdidas definitivas, ternuras intuidas o consagradas. Al amparo de la noche silenciosa y mística apoyan con absoluta confianza sus cabezas encima de su almohada. De día hurgan en los cajones de la mesa, revuelven los bocetos, leen sus cartas y le preguntan descaradas a quién iba dirigida aquella postal que nunca echó al correo.
            Han pasado muchos años desde aquellas primeras décadas del siglo XX. Ahora el tiempo parece correr a una velocidad que contradice las leyes físicas. Hemos traspasado la línea que nos arrastró hasta el tercer milenio sin que hayan ocurrido más cataclismos que aquellos provocados por la insidia de un puñado de hombres ambiciosos. Y, sin embargo, algo importante subsiste en la cara oculta de ese paraíso cerrado para muchos: la hermandad entre la palabra escrita y la pintada. El milagro ha vuelto a producirse a través de nuevos nombres de poetisas y poetas de Granada, a través de un pintor llegado desde un puerto lejano pero abierto. A todos ellos, en algún momento de la vida, también les  subieron por el cuerpo los caracoles del agua.
            En todo ese tiempo transcurrido los niños siguieron cantando y jugando a la rayuela. A ellos debemos el milagro.

Roete Rojo
Granada, 2006

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